Ojos grises
- Vertientes

- 21 jun 2019
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Todavía no son las seis de la mañana y ya siento el frío metálico y punzante en la nuca desde antes de siquiera abrir los ojos. Aprieto los párpados y nos veo de nuevo entrelazados como bocanadas de humo blanco sobre las sábanas. Me giro a la derecha, el cañón en la sien y casi escucho el click del tambor girando, palpo la vastedad de las sábanas -click-, te busco con el brazo -click-, no quiero abrir los ojos aún -click,click,click- y me dejo caer sobre el recuerdo de las tardes donde tendíamos las preocupaciones a secar al sol.
Yo tenía diez años cuando nos conocimos. Creo que tú eras poco menor aunque no fuiste jamás un alma inmadura. Me bajé del columpio que mi padre había hecho entre las ramas del naranjo cuando te acercaste por la colinita que dividía los sembrados. Yo conocía pocas mujeres entonces (mi madre y mi abuela, para más exactos y como digo, mujeres) y el trazo de tu niñez sobre el ocaso me hizo pensar que me había caído del columpio y así debían de ser los ángeles.
Cuando la distancia me dejó saberte, como se sabe el maíz, levantaste dos dedos para hacer la seña aquella de amor y paz que tanto te caracterizó. Fue aquella la primera vez que la hiciste. O me gusta pensar que la primera vez fue para mí.
Nuestros corazones crecieron colgados del naranjo, de su jugo y sombra. ¿Qué importaba el mundo y sus enojos para dos niños que se acompañaban?.
Llegada la edad, mi papá quitó el columpio y el naranjo dejó de ser árbol de juegos para llevar encima las marcas de las tardes juntos. Por aquel entonces tú ya pasabas más tiempo en mi casa que en la tuya y mi madre comenzó a llamarte mija, con la familiaridad del rancho.
Matábamos el tiempo en largas caminatas entre los maizales y el verde de tus ojos le daba sentido a todo el sol de las mazorcas.
Cada día era una excusa para arder el corazón, tus risas contagiosas y el correr del viento entre tu pelo desordenado te convertía en un hada de humo ante mis ojos.
En tí descubrí la belleza y el dolor. Y descubrí también el pulsar de todo aquello que por bello me consumía como hojarasca.
Tu pasión por el color era un destello, un martilleo sonoro de la vista que te corría desde las corvas y transmitías al mundo.
-¡Ése era un tordijo!, ¿Lo miraste? Sus plumas púrpuras lucían al sol -Decías de pronto y yo asentía, aunque nunca conocí esas aves.
Los días se te pasaban mostrándome la belleza de las cosas, sus tonos, sus explosiones. Escarabajos, aves, plantas, la tierra y hasta el huitlacoche de las milpas te comunicaban un mundo que mis ojos nunca serán capaces de admirar entre sus grises.
-Eres como un perro -Decías- Y los perros todo lo ven del color del huitlacoche.
Odio el huitlacoche.
El día que lo vimos por primera vez estabas maravillada en la transgresión del grano, en la ruptura de su pulcritud. El hongo se abría paso en erupciones horribles y oscuras. Vi el negro apachurrando al gris a través de mi vista limitada, las protuberancias me parecían malignos frutos de una planta cuyas raíces seguro llegaban al infierno.
El huitlacoche pervirtió el maíz desde dentro y esa imagen se me quedó en la memoria para no olvidarla nunca. La impresión que el hongo hizo en mí durmió cubierta por nuestro amor durante siete años, pero el día que te desvaneciste por primera vez sentí como mi cerebro la desenterraba con violencia. El negro apachurrando al gris en una mueca y luego tu cara blanca. Desde ese momento el huitlacoche se me empozó en la nuca y me acompañó cada mañana.
Tardaron quince días y veintidós colores en saber qué te pasaba. Los doctores nunca me dieron esperanza pero tú trajiste a casa pasto, flores, enredaderas, dos ranas y una cubeta de pintura verde.
-La esperanza es verde -Me decías.
Me remuevo hacia la izquierda aún con los ojos cerrados y el olor de podredumbre y sequía me invade las fosas, esas plantas duraron vivas lo que tú y luego no tuve ojos ni cabeza para distinguir su gris de cualquier otro.
Vuelvo a sentir la punzada en la nuca. A lo largo de estos años, la imagen del hongo se ha transformado en mi cabeza en feto, daga, rama, botella y un revólver. Sigo huyendo a su forma bulbosa y sigo maldiciendo al doctor por el día que me mostró esa masa negra que te corrompía por dentro, que se alargaba en tentáculos nudosos por tu vientre y que poco a poco te arrancó de mí.
Estoy decidido a no levantarme nunca, el huitlacoche me hace nudos el cerebro y mi cabeza se hincha y punza. Ojalá un buen día explotara para dejar el colchón blanco lleno de porquería. Sería el escape de un pulpo, la última venganza de mi parte contra tu partida.
Aprieto los dientes -click- el dolor sube mientras poco a poco el gris claro del sol se va abriendo paso por debajo de la puerta. Estoy harto, hoy no me levanto, nada queda en esta tierra seca que valga el disparo del hongo contra la nuca.
Voy cayendo en la negrura, espero el -click- y ¡pum! pero no llega, en su lugar hay un eterno desgarre, pasa una eternidad antes de darme cuenta que no viene de mis dentros.
Algo araña la puerta con perseverancia, es un arañar tranquilo pero constante que me ata a la vida con un hilito, como si aquella miseria necesitara de la mía para quitar el hongo, para asarlo, para transformarlo en algo nutritivo y bueno.
Otro raj-raj en la puerta y luego un aullido lastimero.
-Eres como un perro- Me dijiste un día.
FIN.
Por: Emmanuel Caballero




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